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Una de las inquietudes de las así llamadas sociedades desarrolladas es el incremento tanto en su seno como a lo largo y ancho de todo el planeta, de las conductas agresivas, destructivas, tanto a nivel de individuos como de grupos (violencia social creciente con explosiones de destructividad aparentemente inmotivadas, manifestaciones de violencia en contextos de racismo o xenofobia, guerras cuyo número y ferocidad no decrece, genocidios, armamentismo, amenaza de catástrofes ecológicas, etc.). ¿Podemos los psicoanalistas decir algo ante estos hechos además de solidarizarnos en la inquietud?
En consonancia con todo lo anterior también parece que nuestros divanes se pueblan con patologías en las que unas veces latente y otras manifiestamente lo agresivo, el odio y la violencia predominan de un modo tal que parecen desterrar a las neurosis clásicas al baúl de los recuerdos. ¿Acaso las patologías narcisísticas y borderline, las personalidades adictivas, las perversiones sexuales, las patologías severas del carácter actualmente más presentes en nuestras consultas, y por ende también en nuestras publicaciones o en otras reuniones científicas, relegan ya a Dora o a Juanito a la categoría de piezas de museo?
Dentro de la clínica psicoanalítica el mismo Freud a lo largo de su vida va encontrando indefectiblemente la presencia de lo agresivo que en un primer momento lo sitúa como manifestaciones de las pulsiones de autoconservación y en conflicto con las pulsiones sexuales, y en un segundo momento a partir de 1920 a la base de la comprensión de fenómenos que parecen ausentes del placer como la transferencia repetida, la reacción terapéutica negativa o el análisis interminable que postula la existencia de una pulsión de muerte. ¿Pero cuál es la naturaleza de esa pulsión de muerte tan rechazada por tantos psicoanalistas y tan divergentemente comprendida?, para unos