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Mediante este trabajo me propongo ampliar la comprensión de una tarea a la cual los analistas de niños nos enfrentamos sin la ayuda de una teorización suficiente y, por lo tanto, de forma intuitiva.
La relación del analista de niños con los padres de sus pequeños pacientes no es sencilla, y en ella surgen frecuentemente conflictos, malentendidos y reacciones inesperadas que pueden sorprender al analista. Quizás, hasta cierto punto, sea este uno de los motivos por los cuales no son muchos los analistas que trabajan con niños y sí son muchos los que abandonan después de algún tiempo.
Es evidente que necesitamos tener una cierta relación con los padres, si no fuera así, el tratamiento del niño no podría llevarse a cabo. Al mismo tiempo todos tenemos la experiencia cotidiana de las complicaciones que pueden surgir y de que muchos fracasos terapéuticos dependen, entre otras cosas, de un abordaje insuficiente o equivocado.
Podemos pensar que algo importante de la identidad del analista de niños será puesto a prueba al tener que afrontar el esfuerzo adicional de procesar la relación con los padres; relación que adquiere fundamental importancia en la medida que puede obstaculizar e incluso impedir el análisis del niño.
Según Maud Mannoni, «el psicoanalista de niños acepta el lugar donde convergen los lamentos de los padres y del niño. No se trata del niño aislado, primero se interroga a la dinámica familiar. Desenredar la madeja de lo no dicho del discurso familiar permite proteger al niño de las reacciones nocivas inconscientes de sus padres» (Mannoni, 1982).