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El Psicoanálisis fundamenta su terapéutica en un ejercicio verbal, es decir, en la relación entre dos personas; siendo el escudriñar el sentido oculto de las palabras el oficio central del psicoanalista.
No es propósito de esta comunicación dar cuenta del tema que hoy nos ocupa —trauma y fantasía— a través de usar el lenguaje como vehículo de ideas y conceptos sobre tan importantes asuntos. Avezados e instruidos colegas lo harán. Es obvio que el lenguaje es el instrumento privilegiado —quizás el único— para expresar, clarificar y ordenar cualquier fenómeno humano. Pero también tiene la peculiaridad de poder reflexionar sobre sí mismo y sus funciones. Va a ser en estos últimos aspectos donde haré una breve y volandera reflexión sobre el traumatismo del lenguaje, y de cómo el trauma en realidad no se hace traumático hasta que aparece el lenguaje. Nos recuerda Nietzsche : «cesamos de pensar si no lo queremos hacer bajo la coerción del lenguaje».
1992 fue año de centenarios, hispanidades y razas; España se convirtió en torre de solemnidades y vacuas espumas verbales, donde se olvidó, por cierto, celebrar que en ese año mágico —retrospectivamente— de 1492 Antonio Nebrija publicó la primera gramática en lengua castellana. Este autor, para convencer a los Reyes Católicos de la bondad y necesidad de su gramática, apela a la lengua como instrumento de poder: «[…] de recebar las leies que el vencedor pone al vencido, e con ellas nuestra lengua». Quinientos años después, constatamos con asombro la complejidad y vigencia de sus palabras en la sociedad palpitante en que vivimos.
Pero, ¿qué es la lengua?
La lengua es esa maravillosa cadencia de sonidos que nos arrulla y que