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(Yo estaba sentado cuando entró él. Lo esperaba. No me moví de mi asiento, y creo recordar que lo recibí con una tímida sonrisa. Me espetó, sin más preámbulo; ¿Qué te traes hoy?)
YO: Pues verá (balbuceé sorprendido por su brusquedad), quería comentarle sobre un paciente que tengo en análisis desde hace 2 meses. Resumiéndoselo, en palabras mías, es un arquitecto de 30 años. Cuando le hice las entrevistas iniciales, me contó que sufría una terrible angustia catastrófica. Y una constante insatisfacción personal. En su puesto en un Ministerio tiene un trabajo estable, y éxitos razonables en otros planos de su vida. A pesar de ello, se reprocha duramente por los más mínimos detalles, se considera un fracasado. No logra disfrutar de la vida cotidiana. Especial sufrimiento le produce haberse sentido siempre un cobarde, y tener el convencimiento profundo de que nadie puede quererle realmente.
Progresivamente he ido sabiendo que tiene unos padres que sufren una seria caracteropatía obsesiva. Su nivel de exigencia hacia el paciente fue enorme. En su patología narcisista, su hijo nunca terminó de serles satisfactorio. Había más. El esfuerzo de los padres por ordenar en los objetos lo que debían sentir tan caótico dentro, propio de su estructura obsesiva, había fracasado en el padre cuando el paciente tenía unos 9 años. Así, el padre presentó un cuadro de psicosis paranoide grave, que acompañó al paciente durante toda su adolescencia.
Respecto a su infancia, el paciente ha ido recordando algunos acontecimientos que tienen en su memoria una especial intensidad. Recordó a su padre golpeando a su madre en la cocina de su casa. En aquella escena el paciente se veía a sí mismo muy pequeño, no cree que tuviera más de 4 o 5