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La concepción psicoanalítica fue un proceso que se fue gestando poco a poco en la mente de S. Freud, por lo que es imposible situar una fecha como aquella en la que tuvo lugar su nacimiento. Una de las fechas que podía ser considerada como la del alumbramiento del psicoanálisis es el 21 de septiembre de 1987, que es cuando S. Freud escribe a su amigo W. Fliess manifestándole sus sospechas acerca de la falta de veracidad de las seducciones que sus pacientes histéricas decían haber sufrido; Freud había comenzado a pensar que esas seducciones no podían ser tan generalizadas y por tanto que eran invenciones sin que hubieran tenido lugar en modo alguno en la realidad. Todavía quedaba tiempo hasta que Freud se diera cuenta de que las categorías de verdad y mentira no eran aplicables al material con el que estaba trabajando y que en cierto modo ellas tenían razón sobre la veracidad de la seducción, lo que ocurría era que esos hechos habían tenido lugar no en el mundo real sino en otro mundo que sería posteriormente conceptualizado como mundo interno: «la fantasía no es meramente un escape de la realidad sino el constante e inevitable acompañamiento de las experiencias reales, constantemente interactuando con ellas» (H. Segal, 1964). Pero la dialéctica entre fantasía y realidad había quedado abierta y Freud quedará en la historia del pensamiento como la persona que inauguró un camino, el de la verdad interna, descubrimiento que su biógrafo E. Jones (1953) calificara como «horrible verdad». Creo que el desánimo que Freud sufrió en este momento de 1897 y que según cuentan quienes le conocieron, tal como F. Alexander, estuvo a punto de hacerle abandonar el camino que entonces iniciaba y que desembocaría en el psicoanálisis tal como hoy lo entendemos, es un desánimo que los psicoanalistas tenemos que esperar con cada paciente y en cada sesión; pero más que un desánimo es el sentimiento de rechazo natural del aparato psíquico racional que impulsa a concebir el