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Si hay dos conceptos solidarios con los primeros pasos del psicoanálisis como ciencia son los conceptos de «trauma» y «fantasía». Pero este par de opuestos, que ha convivido desde el principio en una dialéctica de mutua exclusión enriqueciendo a la joven disciplina y obligándola a adentrarse en territorios hasta entonces inexplorados del ser, no es patrimonio del psicoanálisis sino de la cultura.
Como lo atestiguan los relatos míticos, el hombre es un ser expulsado de sus orígenes, exiliado del mundo maravilloso del comienzo de los tiempos en el que la armonía y la completud eran absolutas.
Estos mitos sobre el paraíso, dice Freud, son fantasías que «todos» los individuos crean para dar cuenta de su malestar en la cultura. Son fantasías retroactivas que se refieren a una supuesta infancia en la que el hombre vivía en un estado natural, en el que no estaba separado de la naturaleza, porque el hombre «era» naturaleza.
En este estado nada lo atormentaba ni ensombrecía. Su consistencia con lo real lo hacía tan indiferente al mundo como a sí mismo; pero un acontecimiento nefasto, un «pecado original», despertó en él la angustia y la vergüenza por la desnudez de los cuerpos y trajo como consecuencia la expulsión del paraíso. Así «comenzó la vida sexual y el trabajo de la cultura» . Estos mitos se originan por la pervivencia en el niño del deseo interdicto de ser «Todo» con «Una» y de ser «Uno» con la madre en tanto mujer «Toda».
En la Teogonía de Hesíodo encontramos un buen ejemplo que ilustra el modo en que el mito se constituye como ficción para dar cuenta de ciertas verdades que articulan el modo de ser del niño en el mundo y del hombre en la cultura.