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Deseo en primer lugar subrayar que presento aquí mi opinión personal y no la de la Sociedad Suiza.
En 1924, en Berlín, donde se formularon las normas relativas a la formación, las tareas didácticas y el análisis personal fueron separados nítidamente. En efecto, la teoría psicoanalítica y, hasta cierto punto, la técnica psicoanalítica, pueden enseñarse como cualquier otra teoría o técnica respectivamente y ello requiere algunas habilidades didácticas. Dicho proceso intelectual y consciente de aprendizaje tiene lugar, principalmente, a nivel de los procesos secundarios. Por otra parte, la transmisión de lo que denominaré el arte del psicoanálisis y el descubrimiento de los fenómenos inconscientes son únicamente posibles mediante una experiencia personal que nada tiene que ver con una situación pedagógica. Además, las cualidades necesarias para analizar a alguien no son didácticas. Podría decirse que el analista debería ser un «analista suficientemente bueno».
En consecuencia, no se puede hablar de un análisis didáctico o formativo. El analista didáctico debería responsabilizarse de los seminarios y de la supervisión. Quiero también mencionar brevemente el poder que se otorga a un grupo de analistas autorizados en exclusiva para analizar a los candidatos y el problema de la elección del analista en las sociedades pequeñas, que plantea el peligro de una familia con rasgos incestuosos.
Sin embargo, el análisis de candidatos plantea dos dificultades que son específicas: primero, el fin del análisis constituye un problema especial a causa de las posibilidades futuras de trabajar conjuntamente o de tener reuniones frecuentes; la segunda dificultad está relacionada con las interferencias