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Desde los primeros tiempos de la historia del psicoanálisis ha sido frecuente que se acerquen a éste, con intención de formarse como psicoanalistas, individuos con graves dificultades personales, incluso portadores de una severa patología mental. De hecho, uno de los más importantes problemas de todos los institutos de formación es valorar hasta qué punto dicha patología personal del aspirante puede constituirse en obstáculo invalidante para la labor psicoanalítica o bien puede ser precisamente origen y fuerza de una capacidad terapéutica y creativa. Tal vez el mayor rigor que últimamente tienen los institutos de formación en la selección, ha dado por contrapartida una disminución de la creatividad del movimiento psicoanalítico.
La extensión, divulgación y mayor prestigio social y científico que ha ido adquiriendo el psicoanálisis ha impulsado que con frecuencia se acerquen a él, con dicha aparente motivación de formación, personas que sufriendo severas alteraciones de personalidad, e incluso una preocupante estructura psicopatológica, carecen, sin embargo de aquel convencimiento y empuje de pioneros, que tanto enriqueció nuestra disciplina.
Hasta tal punto llega a alcanzar estas dificultades personales, que no es infrecuente que estas personas tengan serias dificultades para emprender un proceso psicoanalítico clásico, la denominada cura tipo. No solamente en lo que respecta a los aspectos más formales del proceso, sino lo que parece más importante, no pueden tolerar ni siquiera plantearse el objetivo psicoanalítico más genuino, que tienden a pervertir con intensidad.
Utilizo los términos pervertir y perversión, no en la habitual acepción psicopatológica, sino en la más general y primitiva de «trastorno o error en el orden, estado o finalidad de las cosas».