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Hace muchos años que el tema de la curiosidad despertó la mía, en cuanto a sus manifestaciones, sus orígenes y formas de funcionamiento.
La curiosidad es una de las tendencias fundamentales que aparecen en el curso del desarrollo humano. Forma parte de los cimientos del aprendizaje: permite que el individuo funcione como una «entidad pensante» y lo estimula a la búsqueda del conocimiento.
Todo conocimiento se origina en experiencias primitivas de carácter emocional. Algunas características inherentes a esa experiencia emocional intervienen en posteriores experiencias de descubrimiento de todo tipo.
Cualquiera que sea el punto de vista acerca de su naturaleza, está claro que la curiosidad (o su falta) tiene implicaciones relacionales. Lo «particular» de esas relaciones, es lo que les dará especificidad.
A lo largo de esta exposición trataremos de ver qué calidades de vínculos pueden establecerse entre el sujeto curioso y el objeto de su curiosidad.
¿Qué es lo que queremos conocer?
¿Cómo?
¿Para qué?
En los primeros tiempos del psicoanálisis Freud estuvo interesado en la cuestión, y habló de un «instinto de saber», vinculado a las preocupaciones sexuales infantiles. Su acción correspondería, por una parte, a una manera sublimada de apoderamiento y, por la otra, trabaja con la energía de la pulsión «escoptofílica». En la infancia la curiosidad recae, en forma insospechablemente precoz y con gran intensidad, en dos enigmas principales: el de las relaciones sexuales y de dónde proceden los niños. Freud decía que «conociendo el niño desde el principio de su vida un padre y una madre, acepta su