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Al pensar los mitos y adentrarnos en los relatos originarios de la cultura, al indagar en el modo particular en que nos sentimos solicitados por ellos, no podemos evitar sumergirnos en una cascada de interrogantes.
¿Por qué los psicoanalistas nos interesamos por los mitos? ¿Cuál es nuestro decir posible dentro de un campo tantas veces cosechado por mitólogos, antropólogos, semiólogos, sociólogos, teólogos, psicólogos y tantos otros «logos» que desde sus respectivas ciencias han tratado vanamente de generalizar sus acotadas verdades? ¿Qué nos queda por decir que no se haya dicho antes? ¿Es posible abordar los mitos originarios y al tiempo evitar ser actantes del origen de un nuevo mito? ¿Cuál es la articulación inconsciente entre los mitos en tanto originarios y la cuestión del origen del psiquismo? ¿De qué modo se articula todo mito en tanto organización significante, para dar cuenta de ciertas relaciones psíquicas antinómicas? ¿Cuál es la verdad del mito velada en la estructura de su propia ficción? ¿Qué es Ello de lo real que sólo puede ser significado a través del enmascaramiento mitológico? ¿Es el mito la búsqueda de una realización simbólica por medio de un conflicto imaginario o por el contrario se trata de una realización imaginaria por medio de un ejercicio simbólico? ¿Qué es lo que en cada mito comanda la elección del material creativo, su elaboración, su desfiguración y su enmascaramiento? ¿Es su función la de registrar y revalidar las instituciones o son mediadores de un conflicto entre polaridades enemistadas? ¿Es el mito un intento de resolver la encrucijada que compromete a todo sujeto en su devenir sexuado y cultural o tan sólo representa un estadio