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En las postrimerías de este segundo milenio se vuelve a hablar de la crisis de la civilización. Así lo atestiguan múltiples autores de los diferentes campos del saber y de la cultura en general, unos insistiendo particularmente en la pérdida actual tanto de los viejos ideales de la Ilustración como de las ilusiones de una política solidaria, y otros señalando, por un lado, los nuevos avances genéticos, que vienen a poner en entredicho la vieja base familiar, y, por otro, los progresos a pasos de gigante de un proceso des-civilizador.
Por lo que respecta a nuestro campo de estudio y de trabajo, puede decirse sin temor a exagerar que la crisis del psicoanálisis es un hecho1 y que, desde hace unos años, se ha convertido ya en un tópico el enunciar que la práctica psicoanalítica está en crisis.
Pero, a mi juicio, hablar o insistir en la crisis sirve de poco y, desde luego, no basta con denunciarla y sacarla a la luz de vez en cuando. Lo que se requiere por encima de todo es dar las razones de ella y, a la vez, abrir nuevos caminos que permitan irla soprepasando o, al menos, delimitando o trabajando, según postula la labor psicoanalítica, que consiste más en un trabajo de duelo o desanudamiento persistente que en la obtención de un resultado llamativo o en la desaparición momentánea de un síntoma.
Con este trabajo me propongo dar cuenta de algunas razones que, a mi parecer, sustentan hoy de modo especial esa crisis, así como contribuir de