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1. Más allá del principio de placer (1), escrito por Freud en 1919, constituye una de las obras más subversivas y por lo tanto más controvertidas de la literatura psicoanalítica. Inaugura y replantea tal número de cuestiones que su lectura siempre se hace problemática, sea por la ligereza con la que se realiza para no enfrentarse con las innumerables contradicciones que el texto presenta, como por el desdén con el que a veces se tratan ciertos enunciados en función de que trastocan gran parte de la teorización anterior.
Así, comienza su capítulo I afirmando que adoptamos sin reservas el supuesto de que los procesos anímicos son regulados por el principio de placer, de tal manera que una tensión displacentera culmine en una producción de placer. Placer y displacer se refieren a la cantidad de excitación presente en la vida anímica y de ningún modo ligada. Y si el displacer corresponde a un incremento de la cantidad, el placer corresponde a una disminución de la misma. En la misma línea entra la hipótesis de que el aparato anímico se afana por mantener lo más baja posible, o al menos constante, la cantidad de excitación en él presente. Así el principio de placer se articula con el principio de constancia y se subordina como caso especial bajo el conocido principio de Fechner de la tendencia a la estabilidad.
Pero aquí Freud choca inmediatamente con los límites del imperio del principio de placer, ya que la experiencia más universal refuta ese imperio debido al hecho de que la mayoría de nuestros procesos anímicos ni se acompañan de placer ni conducen a él. Así comienzan a establecerse las razones para una inhibición de ese principio. Y Freud, en primer lugar, toma eso como propio de un modo de trabajo primario del aparato psíquico, inutilizable y peligroso para la autoconservación del organismo en relación