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La histeria ha hecho correr mucha tinta. Pensar en escribir de nuevo sobre la famosa neurosis suscita el movimiento de inhibición depresiva de Mafalda cuando suspira: «Cada día va quedando menos que decir».
A pesar de todo me arriesgaré a exponer aquí algunas reflexiones inspiradas por la clínica.
La histeria tiene la reputación de ser una «buena» neurosis, prototipo idóneo de la cura psicoanalítica clásica. Sin embargo, en muchos casos su evolución deriva por vertientes poco halagüeñas.
La pregunta que encabeza este trabajo puede parecer provocadora. En nuestra disciplina repetimos frecuentemente que la histeria está por definición del lado de la vida, del Eros. Y por supuesto, en cierto modo así es, pero creo que es importante introducir ciertos matices en esta declaración lapidaria. Es como si los psicoanalistas tuviéramos que situarnos como paladines de esta afección vituperada y maltratada a través dfe los siglos, desde el útero flotante de los griegos al voyeurismo-exhibicionismo de Charcot en el anfiteatro de la Salpětrière. Hasta que Freud restituyó su dignidad a esta neurosis, la histeria se acompañaba siempre de connotaciones peyorativas, no sólo entre los profanos, sino también en el universo médico. ¿Será por sentimiento de culpa por lo que no acabamos de ensalzar sus virtudes?
No debemos olvidar la espasmódima turbulencia de la histeria, neurosis grave, mutiladora, que no siempre evoluciona bien, en el sentido de la vida, precisamente. No me refiero solamente a los riesgos de somatización, sino también a su aspecto mortífero y destructor, especialmente en el momento, para la mujer, de tener que hacer el duelo de lo que un poco rápidamente llamamos «feminidad». Trataré de explicarme, y de entrada propongo los dos puntos principales sobre los que surge mi interrogación: el papel