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En este final del siglo XX, el psicoanálisis no está más allá de lo que estaba en los años cincuenta, sobre lo que Harry Benjamín ha declarado que el psicoanálisis no podía servir de ningún socorro en la forma extrema de los trastornos de identidad sexual que constituye el transexualismo. Algunos psicoanalistas le han contradicho, sosteniendo que en estos pacientes transexuales es necesario y suficiente prescribir un psicoanálisis. Como sucede a menudo, la verdad se encuentra en el término medio.
Nosotros pensamos hoy día que no es preciso renunciar a intentar «cambiar lo que hay en la cabeza», según las palabras de uno de nuestros pacientes, es decir, proponer a los transexuales una psicoterapia e incluso, en el mejor de los casos, un análisis. Este sería un verdadero tratamiento para un trastorno que es esencialmente psicológico, y no un paliativo como es la reasignación hormono-quirúrgica del sexo. Pero nosotros medimos las dificultades del abordaje psicológico que tiene en cuenta al mismo tiempo el funcionamiento psicológico de estos pacientes y la oferta médica de reasignación hormono-quirúrgica del sexo, oferta cuidadosamente orquestada por los medios de comunicación, oferta que abre una solución en lo actuado y acentúa la huida de la realidad psíquica.
Si se puede hacer esta tentativa de tratamiento psicoanalítico,1 es porque el abordaje analítico de las psicosis, de las organizaciones límites y de as patologías narcisistas ha modificado nuestra actitud y nuestra técnica. Sin embargo, los pacientes transexuales ponen a prueba al analista de una manera muy particular.