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Cuando hablamos de identidad psicoanalítica podemos entenderla de distintas maneras: un sentido de convicción interna adquirido a través de un proceso personal de comprensión de lo que significa ser psicoanalista; y la pertenencia a un grupo profesional al que se accede mediante una formación que ha de satisfacer ciertos requísitos. Se supone que estos dos aspectos deberían coincidir, pero no siempre lo hacen.
Existe tal diversidad de concepciones acerca del trabajo psicoanalítico, de modelos de formación, de teorías y de técnicas, incluso dentro de la misma IPA, que resulta prácticamente imposible hablar sobre la identidad psicoanalítica como no sea en forma totalmente personal. Por ello hablo a partir de mi experiencia pasada de formación, análisis, trabajo clínico y pertenencia a asociaciones psicoanalíticas, es decir, desde este momento en mi identidad particular como psicoanalista.
Es relevante preguntarse por qué en este punto de la historia de la Asociación Psicoanalítica de Madrid nos formulamos el problema. Tal vez debamos indagar en diversas causas. En primer lugar, la identidad de nuestro grupo se replantea al pasar de ser un grupo pequeño y hasta cierto punto endogámico, a uno mayor, con gran cantidad de miembros y candidatos. Este crecimiento ha sido tanto interno, debido al influjo masivo de nuevas generaciones de analistas en formación, como externo, a personas, como yo misma, que habiendo hecho su formación en otros lugares establecieron su práctica analítica en Madrid. Por esto último somos un grupo heterogéneo, con aportes muy diversos que incluyen diferentes concepciones acerca de la tarea analítica, la formación y lo que debe ser una sociedad psicoanalítica. Tenemos también necesidad de definirnos frente a otros grupos