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A primera vista parece insólito que, después de cien años de psicoanálisis, sigamos haciéndonos preguntas acerca de nuestra identidad. A veces nos extrañamos de que nuestro medio social se muestre tan ignorante respecto de nuestra tarea a pesar de los cientos de libros y artículos publicados tratando de explicar el psicoanálisis con sencillez, pero el hecho mismo de que nos reunamos en este Simposium parece confirmar que algo de ese desconocimiento nos alcanza a nosotros. En cuanto a mí, al ser encargado de presentar este trabajo, parecería que se me considera un experto en el tema cuando, en realidad, mi dedicación a él sólo revela una ignorancia particularmente acusada que me ha obligado a dedicarle un esfuerzo que otros, con las ideas más claras, quizás no han necesitado hacer.
Efectivamente desde que publiqué mi primer trabajo (J.F. Rodríguez, 1977) no he dejado de ocuparme de este tema movido fundamentalmente por una razón práctica: intentaba resolver muchas incomodidades experimentadas en mi trabajo, como si tratara de hacerlo más natural, más egosintónico, como si buscara razones para poder identificarme más y más con la tarea que estaba haciendo. Al hacerlo he comprendido que este esfuerzo era inseparable de reconocer a la vez la identidad del propio psicoanálisis, esto es, necesitaba «extraer el oro puro del análisis del cobre» que se mezclaba en mi quehacer.
En este sentido he creído encontrar cierta distancia entre los frecuentes comentarios de los colegas a nivel personal y el número de publicaciones específicas sobre el tema mucho menor de lo que aquella inquietud hacía esperar. Solamente en dos autores —T. Szazs y W. Bion— he encontrado una preocupación parecida, y especialmente este último reflexiona una y otra