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El psicoanálisis de niños ha sido objeto de un debate teórico y técnico desde sus inicios. No ha escapado a la idealización manifiesta ni a la ambivalencia latente que descubre el historiador de la infancia.
Freud se fue convenciendo lentamente del valor analítico del trabajo con niños, sobre todo al encontrarse con pulsiones que llevan a completar el desarrollo. «Es lícito aseverar que los análisis de neurosis de la infancia pueden ofrecer un interés teórico particularmente grande […] sale en forma inequívoca lo esencial de la neurosis» (Freud, 1918). «Si los hombres supieran aprender de la observación directa de los niños, estos tres ensayos podrían no haberse escrito» (Freud, 1920). «El niño ha pasado a ser el objeto principal de la investigación analítica; en este sentido ha sustituido al neurótico» (Freud, 1925). «Proporcionan respuestas indudables sobre problemas que quedaban sin decidir en el análisis de adultos, y así ponen al analista a salvo de errores que habrían sido graves para él» (Freud, 1926). «El estudio analítico de la vida anímica infantil nos ha brindado, con una riqueza inesperada, material para llenar las lagunas de nuestro conocimiento sobre los tiempos primordiales» (Freud, 1939).
Es justo atribuir a Freud la apertura científica a la existencia de una realidad psíquica en la infancia. Freud entiende las asociaciones del paciente de acuerdo con su propia visión interna del niño, y, al descubrir en sí mismo el Edipo, busca una corroboración en la observación evolutiva. El análisis de los sueños le convence de que lo inconsciente es lo infantil reprimido, y así se lo comunica a los pacientes, por ejemplo al Hombre de las Ratas (Freud, 1909).