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Sólo en el curso del propio análisis, cuando [el analista] vivencia de hecho los procesos postulados por el análisis en su propia persona —mejor dicho: en su propia alma—, adquiere las convicciones que después lo guiarán como analista.
Rita tiene 5 años. Desde hace algún tiempo presenta síntomas que dificultan un desarrollo normal, pero su madre no consulta hasta que ella misma da por terminado su análisis. Durante el embarazo de Rita, la madre sufrió una depresión grave que requirió hospitalización. Cuando Rita nació, la madre se pasaba la mayor parte del día acurrucada en su cama, abrazada a su osito de peluche.
¿Quién era la madre? ¿Quién era el bebé?
Rita suele empezar sus sesiones diciendo: «vamos a jugar al juego de “Rita y Mariela”». Se trata de un juego en el que ella es siempre Rita y yo soy siempre Mariela, aun cuando nuestras funciones y cometidos varíen de un momento a otro.
Un día yo, Mariela, vendía libros, y ella, Rita, venía a mi tienda a comprar. Me pidió: «quiero el libro que lo explica todo». Lo leyó y regresó muy enfadada:
«Este libro pone mentiras. Dice que los padres obedecen y los niños mandan y yo fui a todas las casas del mundo y eso es mentira.»
Rita juega conmigo al juego de la identidad: Rita y Mariela. ¿Quién es ella y quién soy yo? ¿Quién es la madre y quién es el bebé? ¿Quién cuida? ¿Quién manda? ¿Quién es el analista y quién es el paciente? Aun en el juego, o precisamente en el juego, donde se busca «rectificar» la realidad,