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Hasta que Freud demostró la complejidad del mundo infantil, todo lo que se había escrito hasta entonces ponía a los niños como paradigma de poseer una mente diáfana, una cándida inocencia, en fin, un alma tranquila y sin complicaciones.
Desde que lo postuló el descubridor del psicoanálisis sabemos, y podemos demostrarlo con facilidad, que el niño tiene que sortear tantos obstáculos en su desarrollo que puede, en algún momento determinado de él, detenerse, y que, a partir de ahí, se construya su personalidad con una falla más o menos importante.
Cuando ésta empieza a dejarse notar, lo cual puede tener lugar años más tarde, el niño hace una crisis y los padres lo traen a consulta coincidiendo con un momento agudo.
El psicoanalista de niños, al igual que el de adultos, tiene que comprometerse personalmente en ese proceso y en esa relación para que funcione. Él sabe el esfuerzo que supone cada paciente nuevo y también el interés que despierta. También sabe que pone en juego su personalidad con todo lo que ha vivido y aprendido. La identidad del analista es una sola, con independencia de la edad de su paciente, pero la modalidad técnica del ejercicio psicoanalítico debe adaptarse al encuadre y circunstancia de cada sujeto.
Trataré de desarrollar ahora un punto de vista sobre las vicisitudes a las que puede dar lugar este compromiso dentro del análisis de niños pequeños.
En el primer encuentro entre el psicoanalista y el niño surgen tantos sentimientos en cada uno de ellos que, desde ese instante, se crea un nuevo espacio en el que se relacionarán superponiendo una parte de sí mismos,