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No hay más que un problema filosóficamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no la pena que se viva es responder a la pregunta fundamental de la filosofía.
Si empiezo por esta cita del autor francés es porque, de entrada, nos confronta con la primera de las paradojas ligadas al suicidio. Hablar de «problema» cuando nos referimos al hecho de que alguien se dé la muerte implica colocarse en el punto de vista del espectador, la mayoría de las veces estupefacto, ante el que se autoejecuta. Para éste, para el protagonista de la acción, el suicidio no es un problema sino la solución total del problema. Para el suicida el problema es vivir, el suicidio la salida. Son numerosos los psiquiatras que han descrito, en pacientes depresivos, ansiosos o melancólicos, una fase de calma y hasta de relativa euforia, no exenta de elementos maníacos, que precede al raptus suicida. Calma inesperada que, en lugar de tranquilizarnos, debe ponernos en guardia ante la posible inminencia del trágico desenlace. Así lo entendía Nietzsche cuando dijo: «El pensamiento del suicidio es un poderoso consuelo. Ayuda a pasar bien más de una noche».
Hace algunos años, en el curso de la presentación de mi trabajo para acceder a Miembro Titular de la A.P.M., trabajo que versaba precisamente sobre el narcisismo normal y patológico, hablé del caso de una paciente que se analizaba conmigo y que, en el curso de su proceso, evocó vagas ideas suicidas. En la discusión del trabajo, una colega puso el acento sobre el tema