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En esta breve aproximación he tratado de integrar dos lecturas complementarias del enamoramiento de una adolescente, durante su proceso analítico. En una primera lectura, privilegiando fundamentalmente la dimensión pulsional, entendí esta experiencia del primer enamoramiento, como un intento de reencuentro con el objeto primario, a través de la vivencia de la complementariedad sexual.
En una resignificación posterior del material, en el aprés-coup del analista, pude completar, cómo este enamoramiento adolescente constituía un mecanismo de evitación de la angustia de separación ante las pérdidas y duelos adolescentes. El privilegiar en esta nueva lectura la dimensión afectiva pasional, me ha permitido también profundizar en las vicisitudes, entre inhibición del deseo sexual consciente e idealización del objeto, en esta manifestación amorosa puberal.
En ambas lecturas está presente toda la problemática de la reactivación y la reorganización narcisista, tan característica de este momento de adolescencia.
Esta reflexión, en dos tiempos diferentes, se refiere a una paciente, Elna, que aunque comienza su tratamiento cuando ya tiene trece años, a punto de cumplir catorce, está en pleno momento de pubertad. [No intento marcar una línea divisoria rígida, entre pubertad y adolescencia, pero sí deseo diferenciar, siguiendo a Ph. Gutton (1993), «lo puberal» de «lo adolescente».] «Lo puberal» no es únicamente la dimensión biológica de la adolescencia, como a veces se pretende, sino la emergencia, la irrupción violenta de nuevos contenidos mentales impulsados por la madurez sexual. Contenidos que versan sobre la genitalización de las representaciones parentales,