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Al referirse al rechazo de las últimas ideas de Ferenczi por parte de Freud y de las autoridades psicoanalíticas de la época, los autores de la ponencia señalan la contradicción existente entre la teórica finalidad de apertura del psicoanálisis y la historia institucional de exclusiones y obstrucciones a ciertas ideas. Aunque ellos consideran que ésta fue una instancia crucial de la censura en la historia del psicoanálisis, recordemos que no sólo Ferenczi fue censurado y apartado, sino que años más tarde M. Klein estuvo a punto de ser separada de la API y que luego J. Lacan fue expulsado. Y he nombrado a quienes pueden ser considerados como los mayores innovadores del pensamiento psicoanalítico.
Podemos pensar que todo innovador, en la medida en que se aparta de las ideas establecidas y las cuestiona, tiene algo de disidente o de hereje, y que muchas veces es tratado como tal.
Pero si somos capaces de identificarnos con Ferenczi, por ejemplo, es porque también nosotros podemos habernos sentido alguna vez censurados o marginados. Todos padecemos lo que Freud denominó «el malestar en la cultura», porque la cultura es también —entre otras cosas— una fuerza opresora. Hay una constante lucha del individuo por articular una palabra que sea propia, por balbucear algo que se diferencie del discurso colectivo, y que le permita integrarse de una manera creativa a la comunidad. El saber instituido, en psicoanálisis como en otras disciplinas, es potencialmente violento y puede llegar a tener una autoridad aplastante, sea porque se lo quiera imponer a todos y a cada uno, o por censurar aquellas ideas que lo cuestionan o se le oponen.
Pero todo ese poderío del saber instituido es artificial y no debe hacernos