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Freud abandonó el método hipnótico por considerarlo menos fiable que el procedimiento de la libre asociación en la obtención de material reprimido para fines interpretativos (ver 1917, pp. 2.304 y 2.402-2.404). También dijo crípticamente en su Historia del movimiento psicoanalítico (1914a) que se había inclinado por esta innovación técnica «siguiendo una oscura intuición» (p. 1.902). El procedimiento requería contar con la colaboración voluntaria del analizado, quien tenía que verbalizar sin censura, «como un viajero que va junto a la ventanilla del vagón y describe cómo el paisaje va cambiando ante sus ojos» (Freud, 1913a, p. 1.669), los pensamientos, recuerdos, fantasías, sueños, sentimientos y sensaciones según le fueran surgiendo en la mente. Pronto se vio que, invariablemente, los pacientes tenían dificultades en seguir esta instrucción explícita. Estas dificultades constituían la «resistencia» al proceso analítico y resultó claro entonces que el primer paso en este novedoso tratamiento tenía que ser el enfrentamiento al fenómeno resistencial, objetivo que ya reconoció Freud en sus Estudios sobre la histeria (1895). Ferenczi, en 1919, escribió quizás el artículo más lúcido de la época sobre la variedad de formas que la resistencia podía adoptar en la clínica.
Al comienzo, Freud consideró que la resistencia estaba constituida por una serie de obstáculos que había que superar por medio de la autoridad y la persuasión. Conceptualizó la resistencia como un fenómeno de naturaleza defensiva que se oponía a la rememoración de los recuerdos traumáticos responsables de la formación de los síntomas neuróticos. El tratamiento tenía que conseguir «la supresión de las lagunas del recuerdo [y] el vencimiento de las resistencias de la represión» (Freud, 1914¿, p. 1.683; itálicas añadidas).
Freud pensó al comienzo que el conflicto patogénico tenía lugar entre unos deseos instintuales inconscientes y las exigencias de una moralidad consciente. Más tarde descubriría que ambas fuer