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A la memoria de mi madre
En enero del año pasado, los príncipes Doria Pamphili se dejaron fotografiar en el Museo del Prado delante del retrato del papa Inocencio X que tienen en su casa y que desde niños les producía un gran terror. El retrato del pontífice, realizado por Velázquez en su segundo viaje a Roma, había salido por primera vez de Italia.
Pintado en 1649, Velázquez contaba a la sazón cincuenta años mientras que el retratado tenía setenta y cinco, edad prolongada para la época, que no representa en el cuadro y no porque el artista hubiera tratado de idealizarlo pictóricamente. De hecho circuló la leyenda de que el papa lo consideró un buen retrato, pero ¡troppo vero! Su buen estado de conservación se debía, según testimonios contemporáneos, a una extraordinaria energía y una astuta sagacidad. Psicológicamente es un prodigio de penetración que nos desvela la actitud de desconfiada reserva de este papa con fama de implacable.
«Tienes que acercarte al cuadro como te aproximas a un soberano; tienes que aguardar a que tenga a bien dirigirte la palabra, porque es él quien elige el tema de conversación; no debes ser el primero en hablar, porque te expones a no oír más que tu voz», escribió Schopenhauer.
El cuadro de Velázquez cautivó a Francis Bacon ( - ). Confesó que si pintaba papas no era por motivos religiosos. «Viene de una obsesión por las fotografías que conozco del cuadro de Inocencio X de Velázquez, uno de los mejores retratos que se han hecho. Compro libro tras libro con esa ilustración, porque sencillamente me acosa y porque despierta en mí toda clase de sentimientos y áreas de imaginación» (Bacon nunca quiso contemplar directamente el original).
El motivo de tomar una obra de arte conocida era enfatizar el componente emocional escondido tras posiciones de poder y estabilidad. Un papa representa el inmovilismo social y religioso, un orden en calma. El objetivo