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La vida onírica representa en la vida del hombre una gran proporción de la misma, y se encuentra en oposición con lo que se denomina vigilia, en la que la conciencia encuentra su expresión. Siguiendo esta línea dualista durante el desarrollo de la vida onírica el inconsciente se manifiesta de manera predominante, haciendo cierta la lúcida expresión de Freud de que los sueños son «la vía regia de acceso», al mismo. Tanto la vida onírica como la vigilia son dos modalidades de lo real, siendo la expresión de esa dualidad en la que permanentemente se maneja el hombre, alternando entre una o la otra. La vida onírica pone de manifiesto esa realidad que llamamos realidad psíquica, que tiene tanta o más trascendencia que la otra realidad, en la que se vive en la vigilia, tanto que al soñar el hombre vive su sueño, como una realidad concreta.
La transferencia es comprendida desde Freud como una clase especial de funcionamiento del inconsciente, que tiene su máxima expresión durante el proceso analítico en el cual la persona del analista hace despertar y reeditar mociones y fantasías anteriores, que no son revividas como algo del pasado sino como un vínculo actual con el mismo. En consecuencia el analista puede representar en un momento determinado, una parte del self del paciente o alguno de los objetos de un amplio abanico de imágenes internalizadas. En La interpretación de los sueños (1900), Freud utilizó el término transferencia en un sentido amplio, para exponer la idea de que los procesos psíquicos inconscientes no pueden ser expresados por sí mismos, sino únicamente cuando llegan a establecer una vinculación con un elemento consciente o preconsciente, que él denominó «resto diurno».
Durante el proceso analítico los elementos inconscientes pueden llegar a manifestarse en la conciencia, mediante la ayuda que le presta la situación