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Dice Carlos Sopeña (1993) que «la sublimación forma parte de la meta terapéutica del psicoanálisis» de igual modo que «La cura misma puede ser considerada como una sublimación».
Es desde este punto de vista que podemos retomar la carta de Freud a Pfister del 9 de febrero de 1909, para interrogar allí al texto freudisno: «Un éxito perdurable del psicoanálisis —dice Freud— depende de las dos vías que logra abrir: por una parte la descarga de la satisfacción, y por otra la dominación y la sublimación de la pulsión rebelde […]. Como las vías de la sublimación son demasiado penosas para la mayoría de nuestros pacientes, gran parte de las veces nuestra cura desemboca en la búsqueda de la satisfacción». Aquí nos encontramos con una cierta paradoja que vamos a comentar. Parece ser que Freud está refiriéndose al concepto de sublimación en su acepción restringida, es decir, muy ligada a la creación sublime y al arte. Pues, si cuando se refiere a una descarga de la satisfacción se está refiriendo a la pulsión parcial rebelde —y desde luego que no se está refiriendo a la genitalidad, pues, como nos recuerda Bernardo Arensburg (1996-1997), «la genitalidad no se reprime»—, para evitar el retorno de lo reprimido bajo la forma del síntoma, no podría haber otra vía, sino el acto perverso. Ahora bien, si se refiere a esa descarga de la satisfacción bajo una forma genitalizada, entonces ya estaría haciendo entrar algo del orden de la sublimación que produciría una integración de las pulsiones parciales en una creación que es la de la sexualidad genital misma, en donde sí sería planteable una descarga que, levantada la represión, evitara un retorno de lo reprimido bajo la forma de síntoma. «No hay nada que sea más sublime que la sexualidad», dice