You do not currently have permission to view the full text for this document. Please sign in to an account with an active subscription or contact support.
La queja, el lamento, la reivindicación, la impotencia, la desesperación, ocupan el primer plano discursivo del sujeto que llega a un análisis. Es el campo de la frustración.
Esta protesta aparece generalmente unida a daños infligidos por otros ya que el neurótico suele endosar «lo que no marcha» a sucesos u otros significativos que pueden tomar variadísimas figuras (madre frustrante, madre invasora, padre tirano, padre ausente…). Presente por tanto la ficción para enmascarar el drama universal de la castración simbólica.
Pero para que un análisis sea posible será necesario que aparezca una pregunta subjetiva, un sujeto que crea que los síntomas que se le imponen puedan decir algo diferente a la contundencia de su presencia, al sufrimiento o inhibiciones reiteradas que le producen o a la injusticia de un destino.
Así pues, que el síntoma sea, en último término, metáfora. Que confesarlo a un analista sea esperanza de saber.
El sujeto que consulta se coloca, por tanto, en la posición de quien ignora. Sin esta referencia a lo enigmático del propio sufrimiento no habrá entrada posible al análisis. Es esta ignorancia la que posibilita la disposición a la transferencia.
De allí el interés de las primeras entrevistas para indagar junto con el paciente si puede articularse esta condición básica, aunque hay otras, de la analizabilidad.