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Hace poco volví a leer el artículo de Freud «Análisis silvestre» situándome mentalmente en nuestra época y me pregunté hasta qué punto nosotros, psicoanalistas de principios del siglo XXI, no estamos en peligro de asilvestrarnos o incluso, si en algunas ocasiones no lo hacemos a pesar nuestro, cuando nos vemos confrontados a una clínica igualmente silvestre a quien le da por no parecerse a los casos de libro. Una selva exuberante va asediando los suburbios de la ordenada polis del análisis clásico. Algunos luchan contra las insidiosas malezas que invaden su jardín secreto. Otros intentan domesticar sus excrecencias con frágiles tutores. Otros se adentran más allá de los límites y acaban envueltos en lianas inextricables.
Ya en 1903, en su artículo «El método psicoanalítico de Freud», este último advertía que la aplicación del psicoanálisis no era ilimitada y que existían indicaciones y contra-indicaciones según las personas. En este mismo artículo aconseja también prudencia antes de tumbar al paciente. Parecen evidencias que todos hemos integrado, pero quizás no está de más recordarlas: el psicoanálisis era y es un método terapéutico destinado a una franja restringida de individuos.
Si consideramos los puntos siguientes:
Que a pesar de lo que anuncian regularmente sus detractores, el psicoanálisis goza de buena salud y se sigue difundiendo.
Que el número de psicoanalistas va en aumento.
Que la franja de población susceptible de someterse a un tratamiento psíquico es más amplia que antes.