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Este trabajo desarrolla la idea de que uno como analista precisa, para producir conocimiento, de una relación de amor específica. Sugerimos que la capacidad de entender y generar captación psicológica está en función del contacto amoroso que uno mantiene con unos objetos internos propios, personales e inspiradores de intuición y comprensión. Estos objetos los llamamos, por falta de mejor término: «El legado de nuestros antecesores», aquellos que nos han dejado una mente propia y un amor al oficio.
A lo largo del trabajo exponemos material clínico detallando el proceso por el que se produce la comprensión e intentando transmitir abiertamente nuestras observaciones acerca de nuestra mente en el trabajo.
Nos han llamado la atención recientemente los trabajos de algunos autores en relación con el amor al análisis por el analista (Caper, 1997): en la transferencia el paciente identifica narcisistamente al analista con el objeto de su fantasía. En la medida en que el analista puede distanciarse de las proyecciones, puede interpretarlas, y esta habilidad depende de su unión con sus objetos internos, que sobreviven a las proyecciones y manipulaciones del paciente. Especialmente de su unión al análisis como un objeto bueno, ya que de esto depende el poder tratar las proyecciones como objetos de análisis e interpretarlas.
Estas interpretaciones, ponen de manifiesto el hecho de que uno y el analista, son dos personas distintas. Si la fusión o identificación con un objeto significa negar que tiene una mente propia, que tiene vínculos con otros objetos que le excluyen a uno, la posición depresiva implica el reconocimiento soberano de los objetos internos del otro en relación con él en la actividad interpretativa colocando simultáneamente la situación edípica.
Hay dos factores que influyen en esta capacidad de interpretar: uno, la habilidad del paciente para manipular la mente del analista; otro, el grado en que el analista esté intentando manipular la mente del paciente. Por ejemplo