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A la hora de situar la cuestión de la estructura y de la formación del superyó puede decirse sin temor alguno de exageración que, de una manera o de otra, siempre reaparece la misma polémica que ya surgió con Freud a raíz de las aportaciones de M. Klein. Se trata de un debate entre los defensores de un superyó, cuya génesis está en el Edipo y en las identificaciones secundarias que jalonan y permiten la salida de éste, y los defensores de un superyó arcaico o, mejor, de un origen preedípico del superyó.
Que ese debate polémico sigue ahí sin desaparecer y como un hecho constante del quehacer psicoanalítico, no hay más que revisar la última monografía dedicada por entero a este tema. Me refiero a la monografía de la Revue Française de Psychanalyse, publicada por PUF en 1995 y que contiene dos tomos, uno de los cuales está consagrado a los desarrollos postfreudianos acerca del superyó y en el que se pasa revista no sólo a las viejas concepciones sobre el superyó de E. Jones, de D. Lagache y de M. Klein, sino también a la teorización postkleiniana, a los Escritos de Lacan y a los textos psicoanalíticos ingleses y americanos desde 1954 a 1992.
Ahora bien, a mi entender, es un debate del que no se sale nunca, porque está conceptualmente mal planteado y, en ese sentido, reaparece una y otra vez en el discurrir psicoanalítico, empeñado más —al estilo de un cierto Freud y quizá de una tendencia espontánea del propio psiquismo— en añadir o yuxtaponer que en afrontar las posiciones encontradas y en dialectizarlas, cuando eso sea posible y resulte exigido por los datos clínicos correspondientes.
Precisamente es esa misma exigencia clínica la que nos suele jugar malas pasadas, ya que urgidos por ella o por lo que deposita apresurada e intensamente en nuestro quehacer diario, dedicamos poco tiempo a la ardua y pesada labor de discriminar los conceptos. El propio Freud, quien sin