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«Lo he diseccionado como a un insecto». «La intención del film más que anticlerical es humorística, me conmovió ese hombre tan celoso, tan solo, con tanta angustia y violencia interior». Con estas frases resumió Luis Buñuel la película «Él», que realizó en México en 1954 y en la que, con su peculiar mirada, nos narra la trágica historia de amor de un paranoico llamado Francisco en su desesperado y fallido intento de conseguir una relación objetal.
Peculiar mirada en la medida en la que tal como Buñuel nos anunció, al mismo tiempo que lo disecciona con un rigor y una coherencia interna realmente extraordinarios, su mirada distanciada está llena de ironía, de ternura y de los interrogantes necesarios para mantener abierto un discurso que es susceptible de múltiples lecturas, como sucede en la mayor parte de sus películas.
«La ciencia es el primer enemigo del hombre», dijo Buñuel, «estimula en nosotros la instancia prepotencia que conduce a nuestra destrucción. Ignora el sueño, el sentimiento y la contradicción, todas las cosas que me son preciosas. Las leyes, las costumbres, las contradicciones sociales no son más que una lucha cotidiana contra el azar […]. Al lado del azar su hermano el misterio. El ateísmo por lo menos el mío, conduce necesariamente a aceptar lo inexplicable […]. Como yo rechazo hacer intervenir a una divinidad organizadora, cuya acción me parece aún más misteriosa que el misterio, no me queda más que vivir en una cierta tiniebla. Lo acepto. Ninguna explicación, incluso la más simple es válida para todos. Entre estos dos misterios he escogido el mío ya que preserva por lo menos mi libertad moral».
A la luz de estas palabras de Buñuel, ¿no hay acaso una feroz crítica a la ciencia en nuestro paranoico para quien todo posee un sentido oculto, para