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Para J. Lacan la angustia no es sin objeto, por lo que no está de acuerdo con la definición filosófica de la angustia como temor sin objeto.
Según Lacan, el sujeto del deseo sólo se relaciona a objetos de deseo a través de la red de significantes. Pero el deseo mismo procede, originariamente, de la falta. ¿Falta de qué? De lo que Lacan llama la «Cosa», traducción del término
freudiano das Ding. Si es verdad que el mundo es lo que se constituye para el sujeto a través de la red de los significantes, la Cosa no es un objeto mundano; ella no forma parte del mundo.
Esta Cosa no es determinable como un objeto; ella no es un objeto empírico del deseo, sino que es eso de lo cual procede el deseo y sin lo cual ningún objeto empírico podría ser señalado como objeto de deseo.
Lacan no concibe la Cosa como la falta de algo sino como la falta de nada, es decir, como la falta misma. Lo que él llama el mito es la ilusión que consiste en dar a esa falta un contenido, es decir, una significación. La Cosa como la falta misma no puede ser aprehendida por el significante. Dicho de otra manera: en tanto que pasa por la red simbólica o red de los significantes, el deseo procede de la falta que es la Cosa, pero no puede darse esa falta como objeto (lo que sería el goce), porque la Cosa, en tanto que es fuera del significante y fuera del significado, no podría ser incluida en la red de significantes.
Se plantea entonces el problema más difícil: ¿cómo el deseo, que procede de la nada de la Cosa puede relacionarse con el algo que es el objeto empírico del deseo? Para que el deseo sea posible es necesario un elemento intermediario que se relacione a la vez a la pura falta de la Cosa y al contenido empírico del deseo. Este elemento intermediario es lo que Lacan llama el objeto a. Este objeto a es por esencia objeto separado, objeto perdido; no es un elemento de la cadena significante donde se elabora el deseo. Por otro lado, este objeto a está ligado (no identificado, pero ligado) a lo que, en