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Amigo, no caléis vuestro sombrero para ocultar los ojos: cededle la palabra a la tristeza; el dolor que no habla, anega el ya repleto corazón y le dice que estalle.
Escribo estas líneas mientras, en mi panorama borroso, pugna por abrirse paso la cara de Merche Samanes que ya nunca volveré a ver. Escribo y hablo en un afán inútil de dejar constancia de una pérdida irreparable.
Como puede verse, ni siquiera pretendo eludir las palabras tópicas que, durante generaciones, han empleado los seres humanos para decir y decirse cuán tristes se habían quedado. No pretendo ser original. Sólo sé que ha muerto una amiga del alma, una persona excelente, una analista genuina.
Según me precisó la misma Merche hace bien poco tiempo, nos conocimos en septiembre de 1968, en el Servicio de Psiquiatría de la Clínica de la Concepción. Ella venía con su gran amiga Marian Grijalba, del Servicio de López-Ibor.
Creo que lo primero que me llamó la atención fue su diminuta figura y su excelente gusto para vestir. Además, daba la casualidad de que vivíamos —y hemos vivido casi siempre— relativamente cerca. Pero ¿por qué caló nuestra amistad a lo largo de tantos años? Ha debido de haber muchos elementos, complejos y hasta misteriosos. Pero uno fue claro desde el principio: nuestro entusiasmo compartido por el Psicoanálisis. Y también recuerdo, nuestro primer descubrimiento y entusiasmo —igualmente compartidos— por Melanie Klein.
A lo largo de 30 años, en tantos espacios y tiempos diferentes, aprendí de ella —como aprendimos tantos de nosotros— en qué consistía ser una excelente psicoanalista, plenamente identificada con esta profesión; una persona honesta y, tal vez por todo ello, poseedora de un prestigio que creo que pocos le han negado.
Nos enseñó despacio, muchas cosas acerca del buen hacer psicoanalítico: sin estridencias, sin teorías retóricas, sin aspavientos narcisistas, con su mala sintaxis por la que yo tanto la regañaba, cuando escribía…
En enero de 1983 presentó su