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Tal vez convenga empezar por referirse al lenguaje en tanto y en cuanto contribuyó a la implantación del orden moderno. Enraizado en el suelo de la modernidad, el psicoanálisis cuestionó, en no poca medida, sus fundamentos. Trajo consigo la acentuación de la sospecha de que se había abierto un desgarro entre las palabras y lo que pretendían nombrar. Así, la sospecha que acosaba sin cesar a la conciencia moderna, devino en un convencimiento radical. También trajo a la luz evidencias clínicas que permitieron trabajar de manera sistemática la intuición que tuvo Hegel acerca de la doble propiedad de la boca, a la vez el órgano de la ingesta de alimentos y el que hace posible el lenguaje; y de su doble función, la que corresponde a la digestión y la que se vincula a la ideación .
La radicalización del desgarro, por una parte, y la inclusión de la corporeidad en el centro mismo de la actividad psíquica productora del lenguaje, por otra, hizo patente el descentramiento del sujeto con respecto a la palabra. El psicoanálisis responde a dicha excentricidad, registra la precariedad de tal inserción y discurre en lo paradójico de esa condición. Entre el sujeto y el lenguaje permanece un resto que no permite la plena expresión de lo que ocurre en la intimidad y se interpone una distancia que no deja que coincida con su función social.
Riccardo Steiner ha estudiado el uso que hizo Freud de los conocimientos filológicos de su tiempo. Las cartas dirigidas a Fliess (Masson, 1985) muestran a las claras el tránsito de la neurología al psicoanálisis, por la vía de la filología, que signó los momentos fundacionales del psicoanálisis. Enumerar las obras que tienen al lenguaje como tema capital implicaría citar casi toda la producción freudiana. En breve recuento resaltan las referencias