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La presentación en este número de artículos tan importantes y ya clásicos, así como las diversas aportaciones de otros autores, haría innecesario hacer una introducción sobre el concepto de «El encuadre». Así que no es mi intención hacer nuevas aportaciones sino, por el contrario, continuar con la línea trazada en nuestra revista de hacer una introducción al tema monográfico.
Las primeras hipótesis teóricas de Freud sobre sus pacientes influidas por Charcot y Bernehein, hizo que a partir de la situación clínica del momento, resultase lógica la utilización de la hipnosis en búsqueda de la abreacción de los afectos e ideas, de los traumas que permanecían enquistados y alejados del resto del psiquismo. Las nuevas teorizaciones de Freud sobre el funcionamiento psíquico, más un cierto rechazo por la hipnosis, le llevaron a modificar la técnica empleada. Sin embargo, algunas de las condiciones que Freud mantenía en la hipnosis fueron conservadas, como si el inventor del psicoanálisis creyese necesario que éstas eran indispensables para la realización del análisis. Bien es verdad que la posición diván-sillón fue al principio una adaptación, debido a las dificultades que Freud encontraba en tratar a sus pacientes a lo largo todo el día mirándoles a los ojos. Sin embargo, esta situación particular y desigual, que consideramos como uno de los elementos que perduran de la hipnosis, facilita la aparición de ciertos fenómenos como la regresión y la transferencia, esta última motor y freno de la cura analítica.
Paulatinamente, a esta manera singular y constante de realizar el análisis, se fueron añadiendo otros aspectos por todos conocidos, como es el pago de las sesiones venga o no venga el paciente, el horario fijo, el tiempo de cuarenta y cinco o cincuenta minutos, la puntualidad en las sesiones, la continuidad en el lugar que éstas se realizan, su neutralidad, y otros aspectos conocidos por todos, que podríamos considerar como los aspectos materiales, temporales y espaciales de