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A menudo, el paciente que ha venido a pedirme un análisis se interesa por la cuantía de mis honorarios, por el número y el horario de las sesiones, por su duración, antes de que nos hayamos puesto eventualmente de acuerdo para iniciar ese análisis. Pero, a veces, sólo después de este acuerdo de principio le hago partícipe de esas condiciones, así como de esas cláusulas particulares que tanto hacen hablar (pago de las sesiones a las que falte, vacaciones, etc.). Generalmente, al principio de la primera sesión le indico, si lo ignora, su lugar sobre el diván, al mismo tiempo que ocupo el mío, en el sillón, detrás de él. Y sólo cuando ha terminado de instalarse le comunico la «regla fundamental»: observar lo que pasa en él (en su estado de ánimo y en su cuerpo, pensamientos, representaciones, sensaciones, afectos) y verbali-zarlos de manera tan inmediata como le sea posible. A pesar del carácter habitual de estas conductas, las percibo cada vez en lo que tienen de inaugural; a pesar de su heterogeneidad aparente, las percibo como un todo, tomando un valor estructural; en fin, a pesar de su familiaridad, evocan en mí, fugitivamente, el sentimiento de extrañeza. Muchos de mis colegas ya habrán notado, en mi manera de proceder, «variantes» de detalle que podrían servir de pretexto en discusiones técnicas («¿Es mejor esto o aquello?») por las que no se pierde fácilmente el gusto, incluso cuando se tiene la experiencia de su aparente esterilidad: además, la «técnica analítica» podría no existir aunque eso no impediría hablar de ella.
Por el momento quiero subrayar que aun conociendo bien la extrema diversidad de las prácticas que concurren en la instauración de lo que se ha convenido en llamar la situación analítica, y a pesar del justo sentimiento de relatividad que se desprende, también estoy íntimamente convencido del