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Es casi un lugar común afirmar que los psicoanalistas nos enfrentamos cada vez con mayor frecuencia con pacientes que presentan patologías cuyo tratamiento, con la técnica psicoanalítica habitual de la cura tipo, viene dando lugar a situaciones de abandono del tratamiento, impasses, e incluso yatrogenia, pese a la insistencia a veces caricaturesca de algunos autores en el mantenimiento indiscriminado de la cura tipo. Ello ocurre ya sea porque las condiciones sociales y familiares, en un mundo cambiante, favorecen el surgimiento de patologías más regresivas que anteriormente, ya sea porque nuestro mayor y mejor bagaje teórico-técnico nos permite el abordaje psicoanalítico de pacientes que anteriormente eran considerados inanalizables, o por ambas razones.
Solamente una muy cuidadosa y depurada inteligencia de las condiciones y funcionalidades del encuadre psicoanalítico habitual, nos prestará los instrumentos teóricos necesarios para que las modificaciones que nos exigen ciertos pacientes, no sean arbitrarias o fruto de nuestras inseguridades y conflictos contratransferenciales (ahí incluidas las actitudes del sujeto con la teoría e instituciones psicoanalíticas), sino consecuencia de una meditada consideración de los objetivos terapéuticos y los instrumentos para alcanzarlos.
El estudio del encuadre es, sin embargo, de tal amplitud que, de hecho, nos lleva a plantearnos prácticamente toda la teoría de la cura psicoanalítica, y toda la compleja cuestión de la epistemología del psicoanálisis, ya que es precisamente el encuadre el que permite, en rigor, efectuar una cura que se caracteriza precisamente por la búsqueda de un tipo muy específico de conocimiento.
El desarrollo de la teoría y la técnica psicoanalítica las va desvelando Freud de modo paralelo y paulatino, con una actitud epistemológica extremamente