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El establecimiento y mantenimiento del encuadre plantean, en el psicoanálisis de niños, problemas específicos que vienen a añadirse a los, ya considerables, de una cura analítica de adultos. Estos problemas tienen relación con muchos parámetros y me propongo examinar aquí la incidencia y la combinación de algunos de entre ellos.
En efecto, el advenimiento y el funcionamiento de la realidad psíquica implica siempre un grado mínimo de diferenciación entre, por una parte, un «adentro», constituido por las percepciones y representaciones de los diversos espacios del Self y de los objetos internalizados y, por otra parte, un «afuera», constituido por los diversos espacios del mundo animado e inanimado. Correlativamente, una rica circulación «osmótica» de estos lugares internos, entre ellos y con los lugares externos, es indispensable para el buen funcionamiento psíquico del sujeto. Con relación a esta necesidad general del ser humano, la situación del niño tiene de particular que pone en presencia «lugares internos» en vía de formación con «lugares externos» ya constituidos y organizados, sobre todo alrededor de los procesos de represión, en relación con los «lugares externos» vivos.
Este hecho banal tiene consecuencias a muchos niveles sobre la organización y la salvaguardia del encuadre analítico con los pacientes niños. Intentaré examinar algunas de estas consecuencias, así como la manera en las que actúan en la contratransferencia del analista y en la contra-actitud de todos los que, de cerca o de lejos, toman su parte de responsabilidad en la tarea terapéutica y de desarrollo mental, atribuida al analista cuando toma a un niño en una cura analítica.