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Respecto de los mitos, es muy probable que respondan a los sueños seculares de la humanidad joven.
Cronos que devora a sus hijos, Zeus que castra a su padre, Athenea, Narciso, pero sobre todo Edipo y Hamlet, desempeñan un punto de apoyo evidente a lo largo de la elaboración teórica y clínica freudiana.
La mitología y su plasmación trágica le revelan, le desvelan cristaliza-ciones psíquicas que lo llevan «a la postulación del Complejo de Edipo como una formación humana universal, ligada al destino»,1 tal como apunta en su artículo sobre la cuestión del análisis profano.
Freud se siente, y lo recalcará una vez más en este singular diálogo con un interlocutor imaginario, más deudor del mito y del poeta que de la medicina o la psicología de su época. Cuando eleva a la categoría de universal la premisa edípica, nos descubre que el oráculo expresa el deseo de todo ser humano, de todo niño, y aún, de todo lector y espectador. Así:
En la tragedia, por ejemplo, no ahorran a este último las impresiones más dolorosas, no obstante lo cual puede sentirlas como un elevado goce.2
Pero será al final del capítulo de Más allá del principio del placer donde introducirá la noción de compulsión de destino (Schickasalzwang) para mostrar la potencia de la pulsión de muerte que lleva al paciente neurótico a