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Queremos agradecer a la Junta Directiva, y especialmente a su presidenta, Marisa Muñoz, el habernos invitado a participar en este acto, lo que gustosamente hemos aceptado.
Carolina y M.a Teresa se conocieron en el primer grupo de candidatos al psicoanálisis que se organizó en Madrid en el comienzo de los años cincuenta. En mi caso, fue en los mismos años, en medios universitarios en torno a Jiménez Díaz, López Ibor y Rof Carballo.
Testigos desde entonces de una admirable trayectoria de más de cuarenta años, de una amiga a la que mucho hemos querido, y de una gran persona y psicoanalista, que hemos admirado y respetado, y con la que hemos comparti-do múltiples labores institucionales, queremos evocar esta trayectoria deteniéndonos en algunos recuerdos que nos han ido surgiendo en estos días, y que la jalonan de forma significativa. Hemos seleccionado cinco de ellos, a modo de cuadros, que iremos exponiendo en forma plástica, acompañados por sus correspondientes títulos o epígrafes.
La imagen de la estación de Atocha, con el epígrafe de Carolina Zamora candidato, es el primer recuerdo que nos ha acudido a la mente, y en el que vemos a Carolina en la ventanilla del tren que el viernes por la noche partía para Barcelona, despidiendo a Rafael Pellicer con sus hijos que permanecían en el andén.
Disuelto el primer grupo al que ya nos hemos referido, Carolina se había unido al grupo de estudios que sería más tarde la Sociedad Española de Psicoanálisis, y durante años viajó a Barcelona regularmente, cada 15 días, para asistir a seminarios, supervisiones y otras actividades científicas.
Esta segunda carrera que es el psicoanálisis, la inició en una situación personal, profesional y social firmemente establecida lo que muestra la profundidad de su motivación.
Todos los esfuerzos y sacrificios que esta nueva vida conllevaría, entre los que hay que incluir en primera línea, esa extraña organización del calendario semanal, en la que los días de descanso se transforman tan a menudo en d