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En buena lógica, después de nuestro último número sobre el encuadre, sin lugar a duda la transferencia-contratransferencia es su sucesor. Es a partir del encuadre y gracias a él que se va a favorecer la regresión, y que la transferencia podrá desarrollarse. Obstáculo y motor de la cura, la transferencia y la contratransferencia están presentes desde los Estudios sobre la histeria, la primera señalada por Freud en el último capítulo —aunque también para el lector avezado de hoy, presentes ambas durante todo el caso Anna O.— que finaliza con el embarazo histérico de la paciente, y el epílogo del viaje de segunda luna de miel de Breuer que tendrá como consecuencia —esta vez real— el nacimiento de una hija. Así, transferencia y contratransferencia están presentes desde el principio de la obra de Freud, mas como he dicho señaladas en el primer caso, y en cuanto a las segundas flotando en el discurso de los autores.
Así, a la transferencia desencadenada pero no creada por la situación de la cura, encuadre, responderá el analista con su contratransferencia, ambas motores y obstáculos de la misma. Frente al aumento de las excitaciones pulsionales del paciente, el analista tendrá que responder como para-excitación frente a este aumento pulsional. A la revivencia de situaciones pasadas desplazadas sobre su persona, y actuadas dentro del encuadre-marco analítico, el analista responderá también con representaciones y afectos de su propia historia infantil. Podemos decir que si ambas tienen un origen en común, el inconsciente de cada uno de los componentes de la pareja analítica, sin embargo, mantienen sus diferencias fundamentales, estableciéndose una dialéctica entre ambos.
Pero la primera pregunta es si nos encontramos con un hecho banal de las relaciones humanas, o por el contrario si es algo específico del tratamiento psicoanalítico. Ambas cuestiones tienen una respuesta positiva. Sin embargo, en el caso de la cura analítica, ésta tiene una especificidad particular