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Siempre me interesó en mi trabajo como psicoanalista, la relación entre la práctica y la teoría. En este sentido pienso, y es motivo de reflexión, que las fantasías específicas, particulares de cada analizado en relación con su problemática edípica, se deberían poner de manifiesto en la situación psicoanalítica. Creo que se imponen con fuerza en esa nueva creación de la enfermedad que es la transferencia. Pero también podemos contribuir para que esa singularidad del paciente quede borrada saturada o pervertida por la particular relación que establecemos con nuestras herramientas de trabajo, las teorías analíticas.
Si esto ocurre, indica que se creó una complicidad entre el proceso asociativo del paciente y el funcionamiento psíquico correlativo del analista. Esto puede servirnos de señal de advertencia, de que la contratransferencia requiere un análisis especial.
Escuchar al otro es lo más importante, pero también lo más complicado de nuestra tarea. Nuestra escucha condiciona la interpretación y, a su vez, el material que surge y, por supuesto, la historia del proceso analítico.
Laplanche (1987) recuerda la estrecha intrincación de la teoría y la práctica. En el caso del psicoanálisis, cuyo gesto fundador es indisolublemente práctico y teórico, esta dependencia es vital.
Fue Freud (1926b), como señala Strachey, quien hizo la más feliz descripción de la teoría y la práctica del psicoanálisis en ese bello diálogo que mantiene consigo mismo a través de un juez imparcial.
«Entre ellos no ocurre otra cosa, sino que conversan», y menciona el