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Lo que nos define como humanos es que la vida no vale la pena de ser vivida por ella misma. La vida por la vida misma no vale la pena si no tiene un sentido, y el sentido paradójicamente está dado por algo que está fuera de la vida misma. Lo único que está fuera y por ende otorga sentido a la vida misma es el significante, y en tanto el significante baña y atraviesa para siempre nuestra vida, podemos decir que vivimos en y para el significante, por ejemplo, vivimos más para salvar nuestro buen nombre o nuestro honor que nuestro cuerpo biológico. Por eso Freud no habla de vida y muerte biológica a secas, sino de Eros y de Tánatos, como el cambio radical que la sexualidad sufre por mor del significante. Como satisfacción que se puede tener dentro de los límites de la ley —Eros— y como goce de la mortificación que el significante instala en el cuerpo erógeno —Tánatos.
Que el sentido de la vida no esté en la vida misma, nos aliena de la perspectiva animal y nos separa para siempre de la vigencia lisa y llana del principio de placer. Lo que del principio de placer articulado con el principio de realidad nos inscribiría en una racionalidad biológica de acuerdo a fines, sobre todo de preservación, se nos complica radicalmente con el más allá del principio de placer y con la pulsión de muerte. Más allá del principio de placer y pulsión de muerte que dan cuenta de que nuestra vida y nuestra sexualidad están gobernadas más que por los intereses de la vida misma por nuestra relación con el significante que nos mortifica. Y solamente así se entiende la compulsión a la repetición de lo que no fue, no es y no puede ser, más allá del principio de placer, como repetición de la pasión