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Más allá del reconocimiento de lo que se ha convenido en llamar «indicación», otro factor capital determina al analista a tomar a alguien. Es la contratransferencia.
Me propongo «hacer trabajar» ese momento inicial, fundador de la contratransferencia en todo análisis, con el fin de sacar algunos «hijos del oficio de tejedor», como a Freud, después de Goethe, le gustaba decir.
Antes he de precisar la significación que atribuyo a la noción de contratransferencia. La tomo en su sentido amplio: no sólo las reacciones neuróticas del analista ante su paciente, sino toda su respuesta inconsciente (fantasías, deseos), que deben ser auto-analizados y de esa manera se convierten en un instrumento precioso para la comprensión de la transferencia.
Cuando alguien nos pide un análisis, tenemos dos decisiones que tomar: ¿se trata de una buena indicación?, ¿estamos dispuestos a realizar esa tarea? ¿A instaurar con él esa situación única, lugar pulsional sexual puro, en el fondo lugar de seducción originaria, en la que estaremos en una posición, rechazada por nosotros, de sujeto —supuesto saber y soporte de los objetos enigmáticos originarios? (1). ¿Esto es lo que le conviene a este paciente? ¿Estamos dispuestos a asumir esta función en este caso preciso?
El reconocimiento de la exactitud de la indicación ya está muy influenciado por la contratransferencia. Por ejemplo, es corriente observar que algunos analistas que han recibido al mismo paciente, a menudo hacen diagnósticos de analizabilidad diferentes; siendo la misma persona, las divergencias provienen necesariamente del analista y es muy poco común que sólo sean divergencias científicas y desprovistas de deseos o fantasías inconscientes.
Empecemos por considerar brevemente la noción de analizabilidad. Desde los inicios del análisis, ha evolucionado mucho y de manera no lineal.