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A lo largo de un cuarto de siglo, los científicos, incluidos muchos psicoanalistas, han estado involucrados en proyectos costosos a gran escala para evaluar los resultados de la psicoterapia. El objetivo principal de la mayoría de estas investigaciones ha sido definir, medir, y predecir el éxito. Los resultados de estos gastos tan altos y de tanto tiempo invertido han sido uniformemente decepcionantes. No sólo los esfuerzos en la investigación son obstruidos por dificultades metodológicos insuperables, sino que a un nivel más importante, la dimensión del éxito ha resultado ser casi imposible de definir, salvo de una manera arbitraria y frecuentemente superficial. En los escritos psicoanalíticos también se otorga una importancia parecida al éxito, especialmente en los que tratan temas de fin de tratamiento, objetivos del tratamiento, y evaluación de analizabilidad. Ciertos autores refieren a unos «conocimientos fragmentarios y contradictorios» (Namnun, 1968), y a «la ausencia de un criterio bien definido» (Limentani, 1972). En mi trabajo sobre la terminación (Novick, 1976) sugerí que los criterios del éxito son irrelevantes en la práctica clínica, ya que muchas veces reflejan más los ideales de salud mental que las metas fijadas en el contexto de la patología individual de la persona. Este estudio reveló hasta qué punto los criterios reflejaban las predilecciones teóricas, culturales y personales, en lugar de las percepciones clínicas. Hoy día diría incluso que nuestra formación y experiencia son tales que no estamos particularmente bien equipados para definir, medir, o predecir el éxito. Sin embargo somos expertos en el campo del fracaso. Nuestros pacientes son resultado del fracaso, y manifiestan varios grados de fracaso en su desarrollo y funcionamiento. Tartakoff (1966) mostró