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No dudo que al destino le resultaría por fuerza más fácil que a mí librarlo de su padecer. Pero usted se convencerá de que es grande la ganancia si conseguimos mudar su miseria histérica en infortunio ordinario.
El personaje trágico es destruido por fuerzas que no pueden ser entendidas del todo ni derrotadas. Cuando las causas del desastre son temporales, cuando el conflicto puede ser resuelto entonces podemos contar con teatro dramático, pero no con tragedia.
El discurso trágico nacido en el siglo V antes de nuestra era, en Atenas, es consecuencia de la evolución de un rito reservado a Dionisos, uno de los dioses griegos más oscuros y arcaicos que introdujo las bacanales, fiestas orgiásticas donde las mujeres en trance bailaban frenéticamente para unirse al dios que exaltaba el éxtasis, la magia y el misterio. A Dionisos le pertenecía la noche y el sueño. Los helenos no podían aceptar un mundo dominado por lo pulsional y al no poder vencerlo, lo asimilaron e hicieron que subiera a Delfos y allí se uniera al culto de Apolo, dios que representaba el espíritu del día y de la luz, dios de lo que se mantiene estable más allá del tiempo.
Nietzsche, en El nacimiento de la tragedia, explora como la desmesura dionisíaca se transforma en la tragedia apolinea a través del canto del coro y la palabra del actor. Apolo es así el dios que permite traducir de manera