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El asunto que pretendo abordar en este trabajo es el de la configuración del proceso identificatorio, un proceso en el que, por un lado, el movimiento constitutivo es generalmente puesto de modo exclusivo en el propio sujeto y en el que, por otro, al igual que sucede con el proceso de la represión (en el sentido de considerar que ésta forma parte del bagaje psíquico de todo ser humano), del mismo modo se presupone en toda historia singular un auténtico ejercicio identificatorio.1
Lo cual, no sólo comporta en este caso el descuidar ese descubrimiento fundamental, puesto de relieve por J. Laplanche, de que los procesos psíquicos (proyectar, introyectar, identificarse, renegar, forcluir, etc.) en los que está en juego el orden pulsional «proceden originalmente del otro» y «son todos secundarios respecto de un tiempo originario, que es el de una pasividad»2 por parte del sujeto infantil; sino que además se va a producir un cierto error conceptual, ya que —al no tomar en cuenta esa primacía del otro en el orden pulsional— no se va a contemplar la intromisión del «exceso»3 (o de