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En el presente trabajo discutiré el tema de la periódica emergencia de ideas delirantes en un paciente de 26 años al inicio del tratamiento. Las preguntas que me he planteado con este objeto han sido: ¿qué es lo que ha hecho necesario el recurrir a una defensa tal? Y ¿por qué justamente en ese momento?
Una de mis convicciones, que por otro lado comparten muchos autores, es que el síntoma psicótico se coloca en la encrucijada de problemáticas que invisten no sólo el mundo interno del paciente sino también las interacciones externas, y que la locura nunca por sí misma aparece sola, sino que con un suficiente análisis se nos presentará desde sus inicios como una situación que comprende por lo menos a un otro en interacción con ella.
La tesis de este trabajo es que el delirio no tiene que considerarse como una fractura de la intersubjetividad, sino que a través de él el paciente intenta recrear una modalidad de interacción y relación vivida en sus orígenes que lleva consigo como nivel de funcionamiento, potencialmente siempre presente y activable. Mediante esta operación él intenta, con una finalidad comunicativa, convencer al otro (y al analista en la sesión) para que comparta con él la relación que está en el origen de su delirio y de introducirlo en este antiguo lugar y en este particular funcionamiento de su mundo psicótico.1
Un caso como el de Alfredo es, según mi opinión, particularmente útil ya que por su historia, el material presentado, y sus crisis recurrentes, permite reflexionar mejor que con pacientes más fragmentados o regresivos.