You do not currently have permission to view the full text for this document. Please sign in to an account with an active subscription or contact support.
El encuentro inicial entre un psicoanalista y un paciente niño tiene una serie de características que lo hacen diferente de cualquier otro encuentro analítico. El niño paciente consulta por iniciativa de otros, generalmente sus padres, que le han expresado su preocupación por algo que supuestamente le ocurre a él y por lo que se conjetura que está sufriendo. Sus síntomas no son egodistónicos y la demanda de ayuda no es manifiestamente suya. El niño se queda a solas con el analista comenzando una experiencia nueva y original en la que un adulto desconocido hasta entonces le dedica su atención y su interés sin las condiciones ni las restricciones que rigen normalmente una relación entre un niño y un adulto. El psicoanalista se encontrará en compañía de su pequeño paciente a quién irá transmitiendo lo que allí va a suceder mediante su escucha analítica y lo que ésta, en tanto analítica, privilegiará, fundamentalmente la relación transferencial con sus constantes movimientos. De esta manera el analista, al favorecer el investimiento de su figura como sostén de objetos internos del niño, organizará la nueva relación de la cual todos esperan cambios positivos.
El niño comenzará a manifestar el carácter imperativo de sus descargas pulsionales, su dificultad para controlarlas, su poca o en algunos casos casi nula tolerancia a la frustración, los límites a su capacidad de aceptar sustitutos o dificultades de desplazamiento y sus posibilidades de elaborar y sublimar en el mejor de los casos, incipientes. Intentará eludir o negar los afectos penosos, creerá en la omnipotencia del analista sintiendo que si éste no sa-tisface inmediatamente sus demandas es porque no quiere, y manifestará limitaciones en su capacidad de verbalizar pensamientos.