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A lo largo de estos cien años de práctica psicoanalítica y a medida que la experiencia psicoanalítica se ha acrecentado, los elementos esenciales de la técnica psicoanalítica han mantenido su vigencia y su riqueza, más aún, diría que se ha acrecentado también el reconocimiento de su importancia y de su valor para el proceso psicoanalítico.
Estoy de acuerdo con Laplanche cuando afirma que el gran hallazgo de Freud fue la sesión psicoanalítica, donde se recrea un espacio y un tiempo que favorece el encuentro con lo desconocido; los elementos más estables del encuadre (número de sesiones, diván, horarios, contrato económico) son el marco externo que permite favorecer y salvaguardar la dinámica de una relación intensa entre paciente y analista, donde la palabra, asociación libre del paciente y la palabra-interpretación del analista serán los elementos libres y creativos del proceso psicoanalítico.
Todo el río de la vida, la turbulencia, las mareas, incluso los volcanes de los conflictos psíquicos, de las emociones del paciente y del analista serán contenidos, comprendidos y elaborados dentro de ese marco permanentemente pasivo, activo, estable y dinámico que forma la esencia misma del psiquismo humano, y que tiene su posibilidad de expresión y desarrollo gracias al encuadre de la sesión psicoanalítica.
No podemos referirnos a la interpretación psicoanalítica ni entenderla si no es dentro del encuadre psicoanalítico.
José Luis L. Peñalver en el último número de nuestra revista, dedicado al encuadre, escribe «El encuadre permite al paciente desarrollar su propia verdad, que se reconstruirá, transformará, estando potencialmente abierta a distintas significaciones, en las que los fenómenos transferenciales formarán parte de este complejo proceso psicoanalítico».
Diríamos que el encuadre, gracias a sus elementos constantes, estables,